Máster para la vida rural

Andrés Mourenza

Desde la cima del Licabeto, la colina urbana más alta de Atenas, todo el territorio que se divisa entre los montes Egaleo, Himeto, Parnés y el mar, esta ocupado por edificios, con la salvedad de ciertos parques que actúan de pulmones naturales. Cuesta imaginar que, cuando la ciudad fue declarada capital de Grecia, en 1834, sólo contaba con 4.000 habitantes.

Pero, la llegada de los refugiados griegos de Turquía y otros países y las sucesivas oleadas migratorias campo-ciudad (e islas-ciudad), especialmente a partir de la década de 1960, la convirtieron en el monstruo de cemento que es en la actualidad. Todos buscaban trabajo en el centro neurálgico de un país en el que, desde su fundación, el Estado ha sido el principal motor económico. Hoy, el Ática, la región que comprende Atenas y sus alrededores, es el hogar de entre cuatro y cinco millones de personas, casi la mitad de la población del país.

Pero eso podría cambiar. La crisis económica está degradando esta urbe a pasos agigantados. La delincuencia se ha incrementado. Un tercio de sus tiendas han cerrado sus puertas. El paro se extiende y los impuestos sobre la vivienda y la circulación, además de las tasas municipales, se han incrementado tanto que se han convertido en obstáculos insalvables para muchas familias.

Según una reciente encuesta encargada por el Ministerio de Desarrollo Rural, un millón y medio de habitantes de Atenas y Salónica (la segunda ciudad griega) se está planteando la vuelta al campo y, de ellos, 400.000 ya están en trámite de instalarse en zonas rurales. Los que respondieron afirmativamente a la encuesta aseguran que quieren hacer el cambio para “aumentar sustancialmente la calidad de vida”.

Lo que más llama la atención es que el 70 % de los que pretenden irse al campo tienen estudios universitarios y 1 de cada 4 los tienen incluso de posgrado. Pero la situación es tan poco halagüeña, que muchos están dispuestos a cambiar el título de máster por una azada. “Se está produciendo un cambio social y en el modo de vida que aún tenemos que comprender”, afirmó el ministro de Desarrollo Rural, Kostas Skandalidis. Claro que la mayoría no cambia por gusto, sino porque no encuentra trabajo o, si lo tiene, puede ser uno de ese casi medio millón de empleados que o bien no cobra su salario o no lo cobra a tiempo.

El propio Ministerio de Desarrollo Rural ha alquilado ya 2.176 terrenos a 50 euros anuales la hectárea y la demanda ha superado con creces la oferta. En la pequeña ciudad de Larissa, el ayuntamiento ha concedido 2,2 hectáreas a 200 parados y pensionistas a cambio del 10 % de la producción, que irá para las despensas sociales, y la Universidad de Salónica ha llevado a cabo un proyecto parecido, para el que ha recibido 4.000 solicitudes.

Todos los partidos griegos, de la izquierda a la derecha, consideran que el futuro de Grecia pasa por reforzar su poder agrícola, que actualmente sólo supone un 3 % del PIB. En un país conocido por la calidad de sus productos, llama la atención que, a pesar de que las pueda producir, importa anualmente más de 5.000 toneladas de naranjas, casi 30.000 de limones y 174.000 de patatas.

La otra salida, la impuesta por los prestamistas internacionales de Grecia, es hacer al país más competitivo para atraer la inversión industrial, prácticamente inexistente en el país mediterráneo. Esto quiere decir que los salarios tienen que reducirse hasta el extremo, para que a los empresarios les resulte más apetitoso invertir en Grecia, donde el salario mínimo neto es de unos 500 euros mensuales, que en la vecina Bulgaria, el país más pobre de la UE y donde el salario mínimo no llega a 150 euros.

“Todos los derechos conquistados por los trabajadores durante un siglo han sido destruidos en dos años. No están reduciendo los salarios hasta que cobremos como los obreros chinos”, se quejaba el estudiante Mijail, que está viendo a sus amigos emigrar a todas partes. Con esta perspectiva, no es de extrañar que muchos griegos se estén planteando desandar el camino emprendido por sus padres y abuelos.

Artículo publicado originalmente en El Periódico de Catalunya

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3 respuestas a Máster para la vida rural

  1. Cuando no hay de comer toda salida es buena, Pero, ¿qué pasa con la juventud universitaria también con títulos de máster? Una burbuja es lo que han creado y deberemos soportar bastantes años de crisis económica que no parece terminar. Al menos en Grecia no hay tanto paro, sobre todo juvenil.

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