La crisis y los recortes hacen aumentar el número de “sin techo” en Grecia

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TEXTO, FOTO, VÍDEO: ANDRÉS MOURENZA

Georgios Markuris, un informático que trabaja en la Universidad de Atenas, nunca pensó que iba a llegar a ser uno de 20.000 griegos a los que la crisis ha privado de un hogar. Markukis, que también actuó como músico e incluso viajó a Latinoamérica para aprender música local, junto al conocido grupo boliviano Los Kjarkas, relata como llegó a esta situación de pobreza: “Perdí mi trabajo y entré en una profunda depresión. Me convertí en otra persona. Perdí a mis amigos y mi familia. Hace tres meses, me encontré en la calle, sin hogar”.

Desde que estalló la crisis de la deuda a mediados de 2010 y Grecia fue objeto de un plan de rescate de la UE y el FMI, a cambio de duras medidas de austeridad, cerca de medio millón de personas han perdido su empleo, decenas de miles de negocios han cerrado y el número de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza ha aumentado drásticamente. Pero uno de los rostros más duros de esta crisis es el de las personas sin hogar, un fenómeno antaño casi desconocido en Grecia pero que ahora es muy común en la capital.

En el último año, el número de personas “sin techo” ha aumentado un 25% y la mayoría tienen “un perfil totalmente distinto” al de antes, explica Olga Theodorikaku, coordinadora de la asociación humanitaria “Klimaka”. “Proceden de la clase media. Hasta hace poco tenían un trabajo y una casa. Él único factor que los ha convertido en ‘sin techo’ ha sido el desempleo”, dice.

Markuris reconoce que él es un “afortunado”, ya que ha encontrado alojamiento en el centro de “Klimaka”, pero en todo el país solo existen 300 plazas, es decir, una para cada 67 personas sin hogar. El problema tiene que ver, dice Spyros Psijas, exrrepresentante griego en la Federación Europea de Asociaciones de Ayuda a los “Sin Techo”, con que Grecia no reconoce a las personas sin hogar como un grupo en riesgo de exclusión social, lo que impide que existan políticas adecuadas para luchar contra el problema. “Grecia carece de un verdadero Estado del Bienestar. Los parados reciben una ayuda de desempleo durante un año, pero después se quedan sin nada. Los trabajadores autónomos ni siquiera tienen derecho al paro”, explica Panos Tsakloglu, profesor de la Universidad de Economía y Negocios de Atenas. “Hasta ahora era la familia la que evitaba que esta gente cayese en la pobreza. Pero ahora también esto está fallando”, añade.

La ONG Médicos del Mundo (MdM) dispone de cuatro centros en Grecia, y hasta el año pasado, parecía impensable que los paquetes que distribuye fuesen recibidos por la población local de un país que, desde 1981, forma parte de la Unión Europea, una de las regiones más prósperas del planeta. Pero ya no es así: si hace un año sólo el 7% de los atendidos por MdM era griegos, ahora son más el 30%. “Cuando una persona pierde su empleo en Grecia debe comenzar a pagar por los servicios médicos. Quizás se piense que el precio no es alto (5 euros por visita médica) pero si las familias dependen incluso de la caridad para comer, es mucho dinero”, cuenta Nikitas Kanakis, presidente de MdM Grecia.

Sólo en Atenas, las organizaciones de caridad reparten unas 20.000 comidas diarias. Uno de esos lugares es el centro KYADA. Unas 2.000 personas se agolpan en la fila, donde es fácil reconocer a los nuevos pobres. Sus ropas denotan su hasta hace poco pertenencia a la clase media y es patente que no se sienten cómodos en esas filas. La comida -un plato de guisantes junto a una rebanada de pan- se termina rápido y los que se han quedado sin comer avanzan con gesto resignado y se conforman con una bebida. Psijas se queja de que el Estado está teniendo que ser reemplazado por las ONG: “Creo que los políticos no se dan cuenta de lo que se nos viene encima”.

Theodorikaku considera que los nuevos sin techo son “fácilmente reintegrables” en la sociedad, puesto que son personas cualificadas y en edad productiva, pero sólo si se actúa y se les ayuda. “Si pasan más de un año en la calle, se acostumbran a ello y piensan que no hay ninguna salida. Entonces las posibilidades de que puedan volver a una situación normal son muy escasas”, alerta.

El marinero Yorgos es uno de ellos. Hasta hace dos décadas trabajaba en la poderosa flota comercial griega. “Viajábamos por el Mediterráneo. España me gustaba mucho: Tarragona, Algeciras, Pasajes”, recuerda. Pero desde hace años vive en la calle, a merced de la intemperie, las drogas, la miseria. Da una calada a su pipa de heroína y se sumerge en el pesado y placentero sueño de sus recuerdos, tratando de olvidar lo que le rodea. Tarragona. Algeciras. Pasajes…

Reportaje realizado para la Agencia EFE en diciembre de 2011

“El Estado no ayuda y no no sé cuánto más podré aguantar”

«La situación está muy mal en el mundo. El otro día leía a un profesor de EEUU que asegura que esto desembocará en la tercera guerra mundial», dice Lambros, que no quiere revelar su apellido. Y torciendo el gesto, añade: «Y quizá tenga que ser así… para que luego haya trabajo y las cosas vuelvan a funcionar, como tras las dos anteriores».

A este hombre de 58 años le gusta estar informado: lee los periódicos gratuitos y cuantos libros puede, escucha las noticias en su viejo transistor e invita a charlar a todo el que quiera y pase por la plazoleta en la que vive. Sí: es un sintecho.

Hasta hace poco un fenómeno desconocido, se ha convertido en un elemento más del paisaje urbano de Atenas. En el 2011 el número de personas sin hogar creció un 25% y ya son más de 20.000 en todo el país, muchos antiguos integrantes de la clase media.

Lambros emigró a Australia como muchos otros griegos en los años 60. Allá su familia prosperó y poseía tres tiendas y dos casas. Pero en los años 80, el ahora sintecho decidió regresar. «Entonces había mucho trabajo», cuenta. El dinero que había ahorrado durante 14 años se terminó con negocios que no funcionaron. Su último trabajo fue el de cocinero: «Cobraba 50 euros al día, pero me dijeron que los polacos y los paquistanís podían trabajar por 20, así que me echaron». Pero no guarda rencor a los inmigrantes: «Vinieron buscando el paraíso y solo han encontrado mierda». Como su amigo Adam, un polaco en la treintena, casado y con hijos, al que su antiguo jefe solo llama de vez en cuando para trabajillos: «Me da 15 euros al día».

«Estos empresarios de ahora son unos criminales: te chupan la sangre hasta el final», se queja Lambros, que lleva tres años de acera en acera: «Nadie que no haya pasado por esto sabe lo que significa, especialmente de noche. El Estado no ayuda y yo no sé cuánto más podré aguantar».

Publicado en El Periódico de Catalunya el 17 de febrero de 2012

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