Las vidas recortadas

TEXTO Y FOTO: ANDRÉS MOURENZA

La enfermedad que sufre Grecia produce un sarpullido de pegatinas de letras rojas sobre fondo amarillo. Apenas hay calle que se libre y cada día se extienden más. Como una peste. En ellas se lee: Se alquila. Se vende. Se alquila. Se alquila. Se vende.

“Quizá tenga que cerrar”, se queja Stéfanos, propietario de una tienda de suvenirs en el barrio ateniense de Plaka: “Los turistas ya no gastan”. Más de 60.000 negocios –pequeños y medianos, sobre todo– han echado la persiana en Grecia desde el inicio de la crisis y se calcula que otros tantos lo harán este año. Con ellos, familias enteras se han quedado sin ingresos, pues más de la mitad de los griegos en activo son autónomos.

El problema es que la medicina que han recetado desde Bruselas y Berlín, un cóctel explosivo de préstamos a cambio de salvajes medidas de austeridad, no está ayudando al enfermo a recuperarse. Más bien todo lo contrario. Ha profundizado en la recesión, el desempleo y la pobreza. Desde el inicio de la crisis se han destruido más de 500.000 puestos de trabajo y los desempleados se acercan ya al millón. Los afortunados que conservan su trabajo han visto sus salarios recortados un 25% y este año bajarán otro 8%.

Por debajo del salario mínimo

La UE y el FMI pretenden también que Grecia elimine las dos pagas extra, que para muchos eran una tabla de salvación, y que se reduzca el salario mínimo (751 euros brutos) a pesar de que, como reconoce el ministro de Trabajo, Yorgos Kutrumanis, ni siquiera se cumple.

“Lo que ocurre en los lugares de trabajo es mucho peor que lo que está en la ley. Hay casos de recortes de salarios injustificados, negocios que no pagan a sus trabajadores y empresarios que decidieron ilegalmente no dar la paga extra de Navidad”, admite. De hecho, el 21% de los asalariados trabaja ahora jornadas reducidas –al menos sobre el papel–, lo que permite al empresario pagar menos del salario mínimo.

“No van a parar hasta que cobremos lo mismo que en Bulgaria” (el país más pobre de la UE), denuncia un profesor mileurista. Según un informe del Banco Central, medio millón de hogares en Grecia carecen de cualquier tipo de ingresos.

“Cuando hago una factura no sé siquiera si me van a pagar, porque mis clientes también están ahogados por las deudas. Pero aun así tú tienes que adelantar el IVA de la factura y el resto de tasas. Es decir, pagas aunque no tengas ingresos”, cuenta Filippos Yannakópulos, propietario de una pequeña empresa de importación.

Aumento de impuestos

A la falta de ingresos se suma el ingente incremento de impuestos que ha llevado a cabo el Gobierno griego, desesperado por lograr fondos para pagar su deuda. Dos de ellos –el impuesto sobre la vivienda y el impuesto de emergencia– han sido los más polémicos porque suponen una doble imposición (se pagan además de la declaración de la renta) y son retroactivos. A estas tasas –cuya progresividad es muy limitada– se suma la subida del IVA hasta el 23%, así como el de las tasas y los precios de servicios municipales.

De ahí que muchos tengan que recortar hasta en lo más esencial, pues seis de cada 10 hogares son incapaces de pagar las facturas. En Atenas, buena parte de los edificios funciona con calefacción central a gasóleo y en muchos hogares y escuelas no se ha podido comprar el carburante necesario, a pesar de sufrir uno de los inviernos más duros de los últimos años. Hay quien se pregunta qué sucederá cuando entre en vigor –en julio– el embargo de petróleo a Irán, de donde Grecia importaba el 40% de su combustible porque era el único país que le fiaba los pagos.

Luchar por sobrevivir

Es miércoles en Pérama. El viento cortante del invierno atraviesa los edificios, blancos pero deslucidos, que se descuelgan desde la colina hacia el mar en este barrio de la periferia ateniense, frente a la isla de Salamina. Aunque ya no queda nada de heroico en estos lares, sino la propia batalla de la supervivencia. Es miércoles y hoy, en la policlínica de Médicos del Mundo (MdM), pediatras voluntarios atienden a los niños del barrio de forma gratuita. Hasta hace poco, esta oenegé solo trataba a inmigrantes y refugiados, pero ahora mismo el 30 % de los pacientes de MdM son griegos.

“Este bebé tiene ya 8 meses y aún no ha recibido las vacunas necesarias”, se queja la doctora Liana Mailli: “Me siento abandonada por el Gobierno, dependemos de las donaciones y solo podemos dar a los niños las medicinas que conseguimos con ese dinero”. Si un griego se queda sin trabajo y acaba el año de paro, pierde el derecho al seguro médico, y lo mismo ocurre con sus hijos, así que debe pagar por las visitas médicas y las vacunas. “Quizá se piense que el precio no es alto –5 euros por visita médica–, pero si las familias dependen incluso de la caridad para comer, estos cinco euros son mucho dinero”, denuncia el presidente de MdM en Grecia, Nikitas Kanakis.

Reparto de comida

Las ollas populares se han multiplicado en Grecia y las oenegés reparten cada día 20.000 comidas en Atenas para aquellos que ni siquiera pueden permitirse el alimento. “Hasta ahora era la familia la que sustituía al Estado del bienestar, que en Grecia nunca funcionó correctamente. Pero también eso está fallando, pues la situación se deteriora muy rápidamente”, explica el economista Panos Tsakoglu. Ahora son las oenegés las que sustituyen al Estado, como en los países del tercer mundo.

Frente a la clínica, la anciana Dorothea observa a sus vecinos agolparse a las puertas buscando un doctor o esperando las bolsas de comida y medicina que también reparte MdM. “¿Por qué?”, se pregunta. “¿Por qué tuvimos que regresar a Grecia?”. Su vocecilla trémula parece intentar llegar a su marido, ya fallecido, un obrero con quien emigró a Inglaterra en los años 60. A ella ya solo le resta una magra y varias veces recortada pensión de viudedad griega y maldecir el día en que su esposo decidió volver a la patria natal.

Publicado en El Periódico de Catalunya el 17 de febrero de 2012

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