Tragedia griega en dos actos: Angelópoulos muere atropellado

La altura de la muerte de los grandes artistas no suele correr pareja al genio que desplegaron en vida. Ocurrió con Gaudí, arrollado en 1926 por un tranvía, y ocurrió la noche del martes (24 de enero) con el cineasta griego Theo Angelopoulos (Atenas, 1935), atropellado con consecuencias mortales por una motocicleta. Tras una vida dedicada al Séptimo Arte, la historia de sus últimas horas bien podría haberla firmado su ex guionista y amigo Petros Márkaris, ahora reconvertido en exitoso escritor de novela negra. 1er acto: Vida

Angelopoulos nació en 1935 en Atenas, donde transcurrió su infancia, sufriendo, como el resto de los griegos, la dictadura del general Ioannis Metaxas, la horrible ocupación nazi durante la II Guerra Mundial, la cruel Guerra Civil entre el gobierno nacionalista apoyado por Gran Bretaña y Estados Unidos y el gobierno de los partisanos comunistas, además de la represión a las fuerzas de izquierda que siguió en la posguerra.

Esta infancia contribuyó, sin duda, a forjar la visión del joven Angelopoulos quien, durante su época de estudios en París, sería expulsado de la escuela por sus ideas radicales.

De vuelta en Grecia, comenzó a trabajar como crítico cinematográfico en un diario local, clausurado por la Junta de los Coroneles al tomar el poder en 1967. Entonces, Angelópoulos dio su salto al rodaje. Tras la caída de la dictadura, ya en 1975, el cineasta griego ganó reconocimiento internacional con El viaje de los comediantes y, a partir de 1980, comenzó a incorporar a grandes figuras a su plantel de artistas.

En el guión han sido habituales las colaboraciones de Petros Markaris y Tonino Guerra, guionista habitual de Michelangelo Antonioni y colaborador de Federico Fellini y Andrei Tarkovsky. Theo Angelopoulos: La eternidad y un díaEntre los actores, también ha contado con estrellas internacionales, como Harvey Keitel, Bruno Ganz, Marcello Mastroiani o Jeanne Moreau, mientras que las bandas sonoras —de gran importancia en su obra— han corrido a cargo de la aplaudida Eleni Karaindrou.

En los noventa llegaron los grandes premios a su carrera con el Gran Premio del Jurado en Cannes por La mirada de Ulises (1995) y la Palma de Oro por La eternidad y un día (1998). La pasada década, moderó con la edad su producción cinematográfica, para centrarse en el que, había dicho, iba a ser el último trabajo de su vida: la trilogía El prado que llora sobre la historia moderna de Grecia. Tras el estreno de Eleni (2004) y El polvo del tiempo (2008) trabajaba en la última parte del proyecto: El otro mar.

2º acto: Muerte

El pasado martes 24 de enero, Angelopoulos se encontraba en el barrio de Keratsini-Drapetsona, en la periferia de Atenas, donde las medidas de austeridad aprobadas por el gobierno del ex banquero Lukás Papadimos a instancias de sus acreedores internacionales duelen como los zarpazos de una bestia y el paro es una enfermedad contagiosa.Las fábricas han cerrado y el puerto, sede de la antaño potente industria marítima griega, ya no ofrecen tantas posibilidades de trabajo. La calles parecen anémicas, deslavazada la blanca pintura de las casas baratas.

El autor de La eternidad y un día buscaba localizaciones para su proyecto en curso, El otro mar, precisamente sobre la crisis económica en que anda sumido el país. El cineasta, de 76 años, se dispuso a cruzar una ancha avenida, algo que puede convertirse en deporte de riesgo en Atenas. El tráfico, durante el día denso y agobiante como pormenorizadamente describe Markaris en su última novela (‘Con el agua al cuello’) se convierte al caer la tarde en un alarido peligroso y los atenienses pisan el acelerador como si así pudieran escapar más rápidamente de la crisis.

Una moto que salía de un túnel a todo gas, conducida —según los medios locales— por un policía fuera de horas de servicio, con la impunidad que suele caracterizar a parte de los agentes helenos, Theo Angelopoulosembistió de repente al anciano director, que sufrió golpes en la cabeza y una hemorragia interna.

Avisado el servicio de Emergencias, la primera ambulancia tardó tres cuartos de hora en llegar al lugar del accidente. Según uno de los técnicos del servicio de ambulancias, porque, tras partir del hospital, reparó en un problema en los frenos. ¿Efecto de los recortes? Quién sabe… la Sanidad ha sido uno de los servicios públicos que más ha visto reducido su presupuesto.

Así pues, se hubo de enviar una nueva ambulancia que llegó con evidente retraso, lo que ha obligado al gobierno a abrir una investigación sobre el suceso.Finalmente, fue una ambulancia privada la que llevo a Angelopoulos a un hospital, también privado, donde las Moiras terminaron de serrar la cuerda que lo ataba a su amada y castigada Grecia.

Proféticamente, una de las escenas de su famosa cinta La mirada de Ulises recoge un esclarecedor diálogo entre el director de cine personificado por Harvey Keitel y un taxista griego regado con una botella de aguardiente: “¿Sabes una cosa? Grecia está muriendo. Estamos muriendo como pueblo, rodeados. No sé desde hace cuántos miles de años, estamos muriendo entre piedras rotas y estatuas —dice el conductor—. Pero si Grecia tiene que morir, que sea rápido. Porque la agonía dura mucho y hace demasiado ruido”. Angelopoulos ha abandonado ya la agonía de su pueblo. Contra su voluntad. Porque lo que él quería era reflejarla, una vez más, en sus películas y, de esta forma, darla a conocer al mundo.

Un poeta cinematográfico del tiempo y la Historia
Daniel Mourenza*

Siempre se ha dicho del cine de Angelopoulos que es un cine del tiempo. Y del espacio, se podría añadir. Porque si de algo era consciente el cineasta griego es de que el cine es capaz de suspender el tiempo, de manipularlo, de densificarlo. Y de esta manera, mostrar las huellas del tiempo sobre el espacio, enseñando las diversas capas de la historia incidiendo sobre un mismo lugar.

Qué mejor secuencia para ilustrar esta maestría que aquel plano de diez minutos en La mirada de Ulises (1995) en la que Harvey Keitel vuelve a su infancia y en una sola toma, al ritmo de un baile, se recrean las nocheviejas de 1945 a 1950, sin salir de la casa, ilustrando así parte de la historia de los Balcanes. Lo hace, además, con una fotografía poética y calculada con la precisión de una coreografía. No sería erróneo, pues, considerar su cine una destilación del musical. De hecho, es posible encontrar referencias de West Side Story (1961) en su épica El viaje de los comediantes (1975), filme que, en cuatro horas con sólo 80 tomas, sigue a un grupo de teatro desde 1939 a 1952 en una gira por las provincias griegas. Arraigándose en la cultura popular y en la historia griega, los cantos entre diferentes pandillas terminan convertidos en cánticos políticos entre diferentes facciones.

El cine de Angelopoulos es sobre todo un cine del viaje, un cine que centra su mirada en el trayecto. Las fronteras adquieren así un peso especial, el que les da la Historia y la Política. Es por eso que funcionan como una suspensión no sólo temporal, sino también espacial. Theo Angelopoulos: El paso suspendido de la cigüeñaDe aquí la imagen central de El paso suspendido de la cigüeña (1990), en la que un periodista permanece sobre un pie, quieto, en la línea fronteriza que separa Grecia de Albania. Entre estos dos países transcurre también La eternidad y un día (1998), en la que la relación entre un niño y un poeta griego en sus últimos años de vida presenta una historia existencial que se mueve entre los recuerdos del pasado y los problemas del niño en el presente.

El exilio es otro de los temas que desarrolla a partir de esta densificación del espacio y del tiempo, en que volver a los orígenes se convierte siempre en un duro enfrentamiento con la Historia. Su otro gran motivo es la niebla, que trata, entre otras, en Paisaje en la niebla (Topio stin omichli, 1988). Como Antonioni en la llanura del Po, Angelopoulos hace a sus personajes moverse entre este denso fenómeno meteorológico, que esconde pero también deja presentir lo que ocurre, como en la durísima escena en que una niña es violada sin ver exactamente lo que está pasando dentro del camión, sostenido durante largo tiempo en el mismo plano.

“Su mirada pionera abrió nuevos caminos. Capturó el drama de la posguerra civil en Grecia, contribuyendo a un mejor entendimiento de nuestra historia moderna”, ha reconocido el primer ministro griego, Lukas Papadimos. Grecia llora ahora al que fue su director más laureado y considerado por críticos como Derek Malcolm y David Thomson como uno de los grandes de la Historia del Cine.

Caso único en una sociedad tremendamente dividida, tras la muerte de Angelopoulos, todas las autoridades del Estado, el mundo de la Cultura y los partidos políticos sin excepción coincidieron en lamentar la irreparable desaparición del “poeta de las imágenes”.

*Daniel Mourenza: Estudiante de doctorado en la Universidad de Leeds, escribe una tesis sobre las teorías cinematográficas de Walter Benjamin. Colaborador de la revista Transit: cine y otros desvíos

Publicado originalmente en Mediterráneo Sur

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