Manolis Glezos

El abuelo insobornable

No teme a los gases ni a las rejas. Fue perseguido y torturado por descolgar la bandera nazi de la Acrópolis en 1942. Ahora, a los 89 años, sigue plantando cara contra los recortes decididos por el Parlamento heleno al dictado de Bruselas.

Por Andrés Mourenza

«No lograrán aprobar el memorando de la troika con gases!», grita a las cámaras Manolis Glezos mientras tose y escupe. Los gases lacrimógenos se introducen en la garganta e impiden la respiración. Enrojecen la piel e irritan los ojos, pero no los puedes frotar o lavar con agua, porque el efecto se multiplica. «¡No lo ha votado el pueblo griego!». Manolis Glezos (Naxos, 1922) lo dice como si al pronunciar las palabras mágicas pudiese evitar el maleficio. Pero él sabes que se aprobaron tantas cosas sin consultar al pueblo. Lo sabe más que ningún otro.

Una placa en la Acrópolis recuerda su más famosa hazaña. La noche del 30 de mayo de 1941, cuando aún era un joven de 18 años, junto a su amigo Apostolos Santas, ascendió a la Acrópolis y descolgó la bandera nazi que los ocupantes alemanes habían hecho izar. El país se hallaba en la más negra oscuridad, bajo la bota de Hitler, en una cruel ocupación que esquilmó Grecia, provocó una hambruna en la que fallecieron decenas de miles de personas y, obviamente, aplastó todo intento de rebeldía. El acto de sabotaje contra la cruz gamada, les valió a ambos jóvenes la condena a muerte, pero fue en rebeldía puesto que habían logrado escabullirse con ayuda de un policía griego que no les delató. Empezaba una vida al servicio de la Resistencia.

Más tarde los alemanes lo atraparon y torturaron pero, antes de que pudiesen fusilarlo (como sí harían con su hermano), logró escapar. Lo cogieron nuevamente, esta vez los italianos, y volvió a escabullirse. Luego lo harían los colaboracionistas griegos, pero con esa habilidad suya para la supervivencia, Glezos volvió a huir.

No es de extrañar, por tanto, la antipatía que despierta en él lo que muchos griegos consideran un nuevo intento de dominación alemana: «No es una casualidad que una gran parte de los medios de comunicación controlados por los bancos traten a los países de la periferia de Europa como ‘cerdos’ (PIGS) y su campaña mediática sádica y racista, esté teñida de desprecio». En sus mítines, Glezos reclama una y otra vez que Berlín devuelva los préstamos hechos por el régimen colaboracionista griego a Alemania («la única vez en su historia que Grecia ha sido prestamista», subraya), además de las reparaciones de guerra, que Grecia, al contrario que países como Gran Bretaña, no recibió. Hoy, según Glezos, ese dinero podría superar los 100.000 millones de euros, un tercio de la deuda griega.

La democracia tampoco trajo descanso para el ahora abuelo de cabello cano, pues su militancia comunista le supuso pasar por «casi todas las cárceles del país». Junto al periodo carcelario que vivió bajo la dictadura de los coroneles (1967-1974), el héroe de la Resistencia ha pasado casi 12 años entre rejas.

La chispa con Theodorakis

En 1981 se unió al Movimiento Socialista Panhelénico (Pasok), cuando aún se pensaba que el partido fundado por Andreas Papandreu podía ser una vía europea y democrática al socialismo. Desilusionado con la corrupción y el autoritarismo de Papandreu, Glezos se retiró a su aldea natal, donde fue elegido alcalde y trató de llevar a cabo un experimento de democracia participativa. La iniciativa fue cayendo en el olvido, y Glezos volvería a la política de la capital la pasada década, de la mano de la Coalición de la Izquierda Radical (Syriza) y el movimiento Spitha (Chispa), fundado junto al cantante Mikis Theodorakis.

Desde la denuncia de los intereses especulativos tras los incendios a las campañas de oposición a los recortes, no hay fregado en el que no se meta este rebelde de 89 años. El pasado domingo se apartaba la mascarilla tratando de digerir los gases inhalados, y volvía a la carga con su voz que suena igual que la del joven inconformista que ha sido siempre: «Ellos votarán las medidas en el Parlamento con esa brutalidad, pero no tienen ni idea de lo que significa un levantamiento del pueblo griego. Y el pueblo griego se está rebelando».

Mascar la derrota, sí; pero no tragarla como si fuera aceite de ricino. Escupirla una y otra vez. Y con ese acto de insumisión, de negarse a aceptar futuros escritos por otros, echarse a andar, consciente de que quedan muchos caminos que desbrozar. A pesar de los obstáculos y los dolores, como en aquella canción de Leonard Cohen: «There were three of us this morning and only one this evening, but I must go on…» [«Éramos tres esta mañana y solo uno esta noche, pero debo seguir adelante»]. El partisano griego sigue caminando.

Publicado en El Cuaderno del Domingo de El Periódico de Catalunya el pasado 19 de febrero de 2012.

Una respuesta a Manolis Glezos

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